Review

Título original: 300: Rise of an empire

Duración: 102′

País: Estados Unidos

Una vez tuvo gracia. Dos veces resulta ridículo, repetitivo y carece de ningún sentido. “300: el origen de un imperio”, también conocida como “302”, es otra muestra del peor Hollywood, ese que está empeñado en hacer a toda costa secuelas, precuelas, spin offs, remakes, reboots, remixes y refritos de absolutamente cualquier cosa, cualquier puta cosa por absurda que sea y que haya gozado de éxito, independientemente de que tenga sentido llevar a cabo la consabida explotación. ¿Que los 300 tíos de la película original palmaron? Qué coño importa eso, la vida sigue, mostramos sus cadáveres unas diez veces a lo largo de toda la secuela/precuela/sabediosquécoñoesesto y ponemos a otro grupo de maromos en pelotas repartiendo estopa a cámara lenta durante 2 horasque nadie notará la diferencia. Así es como pensaron los responsables de una de las ¿secuelas? más sobrantes de toda la historia del cine.

302” no hay por donde cogerla; hay por donde agarrarla fuerte y estrangularla con saña. El propósito principal de la película, más allá de contar una historia mínimamente interesante, es repetir constantemente y multiplicar de mil y un maneras todo aquello que caracterizó a la cinta original, hasta tal extremo que la secuela acaba pareciendo una parodia de su modelo, más aun si cabe que “Casi 300”, con un director sin personalidad ni vergüenza ninguna cuya única labor consiste en tratar de copiar sin miramientos a Zack Snyder en toda la medida de lo posible, ralentizando hasta la extenuación cualquier cosa que se le ocurra.

Así, el director mercenario/prostituta de turno, un tal Noam Murro, desintegra su dignidad sin preocuparse lo más mínimo en imprimir su propio sello, él es una puta y lo sabe, y el único sello que quiere ver impreso es el de su banco en su cheque repleto de ceros. Nuevamente nos hallamos ante un producto puro y duro hecho con un molde, uno de esos casos donde la impersonal película parece que se ha dirigido sola y en piloto automático, mediante una fórmula determinada (ralentizar cualquier hostia y acercar a la cámara todo objeto punzante; que esto es en 3D) que cualquiera podría ejecutar, ya sea persona, animal, planta, objeto inanimado o Uwe Boll con la polla, pero con la polla flácida y en un condón de esparto. Y seguro que a este último (y a su polla) le habría quedado algo bastante mejor, o al menos no tan insípido y rutinario. 
“¡Mirad cuánta gente multiplicada por ordenador me aclama!”
“¡Y ahora repitamos el mismo plano pero con barcos!”
300: “RYSE” OF AN EMPIRE

Pero claro, Snyder no es un tipo que se limite a pasar secuencias a cámara lenta y punto; es un realizador con un sentido estético envidiable capaz de construir planos de gran belleza plástica (de su habilidad narrativa hablaremos otro día)Y eso, claro, no es algo que se pueda copiar, va con la persona, como queda claro tras el burdo trabajo de Murro, más influenciada por cualquier videojuego genérico de la Xbox que por el mundo del cómic, logrando desvirtuar la atractiva estética del filme original, que aquí termina totalmente prostituida con una aburrida fotografía que alterna entre tonos dorados y grises y a tomar por culo. Así, durante largos minutos, más que una película parece un gameplay del “RYSE” de la Xbox One, repleto de QTE de esos; sólo faltan los putos botones parpadeando en mitad de la pantalla.

¡Rápido, pulsa la “X” ochenta veces o te verás obligado a repetir la misma secuencia otra vez!

Dejando a un lado la estética, la película, filmada en dos platós y en la piscina de olas del Aquopolis rodeada de cartulinas verdeses un incuestionable despiporre narrativo. Flashbacks de cosas que han ocurrido hace cinco minutos, personajes que saltan/teletransportan de un lugar a otro en función de los designios del guión, diálogos reiterativos donde repiten la misma idea 853 veces para que un cani emporrado no se pierda, larguísimas e innecesarias secuencias atestadas de tópicos contando el origen de cada personaje…

Y las luchas. Una sucesión de batallas molonas pero sin atisbo de lógica, donde no te enteras en qué sitio está cada cosa y que consisten básicamente en aguantar una serie de embestidas en el mar, cada una más grande que la anterior, como si fueran superando fases de un videojuego; en concreto del “Space Invaders”. Y es que los enemigos lanzan sus hordas de barcos en perfecta formación cual batallones del citado clásico de las máquinas recreativas, independientemente del oleaje que haya y con tiempo suficiente entre lucha y lucha para ir a cenar a casita y seguir soltando discursos épicos.

Porque esa es otra. La película discurre de discurso épico en discurso épico; más que una guerra parecen unas ponencias, y es que los personajes no dialogan, sentencian y sueltan monólogos ensayadísimos e impostados donde la palabra “libertad” se repite más veces que en un concierto de Jarcha y que harán que te cagues en “Braveheart”, en Mel Gibson por haber rodado aquella película, en su madre y en todo su puto árbol genealógico, incluidos los descendientes que aún no han nacido.

“Venga tíos, un barquito más y corriendo luego a la orilla, que tenemos el discurso épico de las 20:00”

La impostura. Ese es el mal primario de “302”. La película entera es un artificio barato que discurre con la misma naturalidad que la elaboración de un osito de gomasobre todo por culpa de una machacona, insistente y nada sutil música que guía a los espectadores como borreguitos sin criteriotratando incansablemente de agitarlos y retorcerlos en sus butacas, algo que consigue, pero de pura indignación y bochorno. Y es que uno acaba hasta los huevos de que le recuerden cada dos por tres que está asistiendo a un espectáculo de esos ‘bigger than life’.

Luego están los anodinos protagonistas. Hasta un pelo de la barba, o del escroto si me apuráis, del Leónidas de Gerald Butler tiene más carisma y presencia que cualquiera de los olvidables maromos descamisados que surcan la pantalla. Sus estúpidos y manidos conflictos personales nos la sudan, repanpinflan y resbalan hasta dejárnosla en carne viva.

“¡Por Espart… digo Atenas! Eh… no cuela, ¿verdad?”

EL IMPERIO PERSA, ESA PANDILLA DE MOROS TERRORISTAS

Si a la primera entrega se le acusó de caer en el orientalismo, esto es, en la representación tópica y reduccionista de la cultura oriental, a la secuela se le puede acusar directamente de ultraxenófoba y no le faltará a razón a quien lo haga, ya que, con muchos cojones, se atreven a meter soldados persas que se inmolan entre sus enemigos. “302: el origen de Al Qaeda”.

La escena de sexo a lo bruto, el único momento realmente divertido de toda la película

Siguiendo con los malos, cómo olvidar uno de los planes de ataque más absurdos jamás vistos en una guerra cinematográfica, cuando un grupo de persas se tiran al mar para tratar de asaltar un barco griego a nado y a plena luz del día. De tanto cultivar el cuerpo, algunos griegos se olvidaron de hacer lo propio con el cerebro y, a pesar, de la ventajosa situación que les proporciona estar en lo alto de la embarcación, varios de esos griegos se acojonan, en lugar de reírse y limitarse a masacrar a los patéticos nadadores. Mención especial al ateniense que coge su espada y se lanza al agua (en asombrosa cámara lenta) a por los persas. Aquí lo importante es matar molando, que tu estrategia sea una mierda y no tenga sentido es lo de menos.

Y qué decir de Artemisia, la súper villana interpretada por Eva Green, actriz que en todos sus contratos (ya sean de cine o de modelaje) incluye una cláusula que le obliga a salir con sombra de ojos en cada puto plano. La innecesaria explicación del origen de su personaje nos deja claro que era una vagabunda que encontraron por la calle y que, gracias  su habilidad con la espada, le acabaron dando un puesto de importancia en el gobierno. Es decir, que logran que te estés preguntando durante todo el metraje quién puñetas es esta tiparraca y por qué se le da tanta importancia. Ojo que me limito exclusivamente al universo paralelo donde transcurre la película, soy más o menos consciente de la relevancia de este personaje en la historia antigua.

La cinta tampoco se aclara en sus exageraciones. En un plano los personajes resultan muy vulnerables a las flechas y en el siguiente plano, son capaces de dejarse caer desde 20 metros de altura sin sufrir rasguño alguno, por no hablar de una secuencia con monstruos marinos la cual, sin venir a cuento, luego resulta ser simplemente un sueño del protagonista que no aporta nada pero sí resta bastante, como si al director le diera miedo abrazar abiertamente el sindiós que es esta película. Algo que le habría hecho ganar enteros. 

Y para recordarle a la audiencia que esto es la secuela de “300” y no la copia bastarda de Asylum, ahí están otra vez el cadáver de Leónidas y los mil y un patéticos y desesperados intentos por justificar el título de la película, con diversas y gratuitas apariciones de Lena Heady, así como constantes referencias a la derrota de los espartanos. Da mucha, mucha pena.

¿Que en la primera parte sólo quedó viva esta señora? Pues como es espartana sacadla ya con una espada y a mamarla

Lo dicho, otra muestra del queridísimo Hollywood de nuestros días, esa maquinaria sin escrúpulos cada día más ruin y pesetera, abandonada a la explotación indiscriminada de cualquier franquicia imaginable, para producir en cadena toda clase de chorongos prefabricados carentes de alma, como este fútil intento de película que nos ocupa. Que la fiesta no pare, porque a este paso Cinecutre.com se va a inundar de críticas. Y nosotros tan contentos.



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