Review

Aviso a los lectores: esta imagen pertenece a la película que hoy vamos a tratar. Si aún así queréis seguir leyendo, cinecutre.com no se responsabiliza de traumas, lesiones o derramamientos cerebrales que se produzcan durante la lectura del siguiente artículo o el visionado de los vídeos e imágenes que se adjuntan. 

Estoy sin palabras, porque la ineptitud cinematográfica de Aullidos 7 es francamente indescriptible. De verdad, hasta que no lo ves no lo crees: actores peor que amateurs, efectos especiales inexistentes, un montaje de escenas aleatorio y mucha mucha música country, que convierten a la séptima entrega de esta saga en el primer musical country con hombres lobos de la historia del celuloide. Preparaos para ensanchar al máximo vuestras tragaderas porque para esta cosa cualquier ayuda es poca.

Pero pongámonos en situación, Aullidos es una saga cuya primera entrega está considerada una película de culto y que tuvo un considerable éxito. Luego vinieron las secuelas que, con Aullidos 3: los marsupiales, parecía que tocaban fondo, pero no, con cada siguiente capítulo la saga estaba dispuesta a llegar hasta el núcleo terrestre e incluso traspasarlo, y así llegamos hasta esta séptima entrega. Si queréis profundizar más en el resto de secuelas os recomiendo que escuchéis el podcast específicamente dedicado a analizar a tan suculenta serie de filmes.

 

A LOS HOMBRES LOBO LES VA EL COUNTRY RANCIO

 

Aullidos 7 nace del empeño personal de Clive Turner, productor de las anteriores secuelas y actor ocasional en ellas, que en esta ocasión hace su debut como director, guionista, productor, montador, consultor financiero e incluso se atreve a protagonizar su opera prima; todo un Juan Palomo pero sin tener ni repajolera idea de hacer ninguna de las cosas que lleva a cabo.

“Y entonces le dije a ese inútil de la New Line: ¿cómo que no se puede fusionar country y hombres lobos? Por mis huevos que voy a poder.” “Oh Clive tu masculina determinación combinada con tus greñas de viejoven hacen que no me pueda resistir a tus encantos australianos que, unidos a ese sombrero tejano, te dan el puntito justo de multiculturalidad”. Y esta amigos, y no otra, es la auténtica historia de por qué se rodó Aullidos 7. La próxima vez, que la New Line le pague una noche de putas a Clive y así nos ahorramos desprestigiar, aún más, una noble saga de terror.

La película NO ofrece nada de lo que uno podría esperar a estas alturas de la saga: NO encontraréis muertes a punta pala, ni transformaciones en hombre lobo a tuti-pleni, ni sentido del suspense, ni sentido del humor, ni sentido común y ni tan siquiera gore barato a porrillo.

Para que os pongáis en situación la película empieza con esta escena:

Después de esta escena introductoria, que ya nos pone en aviso sobre la bazofia que nos vamos a meter entre pecho y espalda, se nos presenta a Ted, un motorista que llega a una pequeña y polvorienta población de California. Ted entra en un bar y tras un par de chistes graciosos (matizo, los personajes de la película los encuentran graciosísimos; a mí me daban ganas de vomitar) encuentra trabajo en ese mismo bar. Y entonces empieza nuestra pesadilla. 

“¿Qué es esto?” “El guión” “¿De esta escena?” “No, de toda la película”

En el filme vemos claramente tres tipos de escenas. Primero, las de gente hablando y bebiendo, conversaciones de borracho que nos importan una mierda y, lo que es peor, nos hace constatar que los actores ni siquiera son profesionales. Así es, la propia gente del pueblo real donde se está rodando la película copa la mayoría de papeles, incluso ni se cambian los nombres, así Dolores da vida a Dolores, Jim a Jim, Robert a Bob, etc. La mayoría de ellos parece que estén leyendo los diálogos por primera vez o que vayan directamente mamados, en especial el dueño del bar, “Pappy”, que se medio duerme durante las tomas y habla como si estuviera comiendo polvorones pasados de fecha.

Imagino el alborozo que debió anidar en estas pobres gentes ante lo que sin duda sería el mayor acontecimiento de sus vidas, la llegada de Hollywood a su pueblucho. Un Hollywood en forma de actorucho fracasado buscando actores y localizaciones baratas desesperadamente. 

Luego tenemos los números musicales country. No pasan ni diez minutos de película sin que no tengamos nuestra ración de música country, baile tejano o canción alrededor de una hoguera. No me malinterpretéis no tengo nada en contra de esta música, pero es que después de este filme ya no puedo ver ni la entradilla de Walker Texas Ranger sin que me entren ganas de clavarme un lápiz en el tímpano.

También tenemos una de las escenas más demenciales y extrañas que he visto en mi vida: gente bailando country en fila en la más estricta oscuridad. Si Uwe Boll inventó el tiroteo en la oscuridad, Clive Turner ha inventado la coreografía en la oscuridad. ¿Por qué? ¿Por qué bailan en la oscuridad? ¿Son tímidos? ¿Es un guiño a la película de Lars Von Trier, aún cuando ésta no se había rodado? Tras meditarlo a conciencia, la única posible explicación que se me ocurre es que forma parte de un complicado ritual para invocar a Satanás y que nos dé a todos por culo el zombie de Sadam Hussein, o que directamente se les fue la luz, o Clive Turner pensó que así quedaría como más de auteur, o simplemente el técnico de iluminación debía de ir tan mamado que tuvieron que rodar sin él.

Cuartos oscuros del Medio Oeste americano… yo siempre me había imaginado otra cosa.

Y por último están los flashbacks. Para subsanar la falta de licántropos en la película, a Clive Turner no se le ocurre otra cosa que introducir los personajes de un cura y de un policía, que básicamente se narran el uno al otro los sucesos de las entregas 4, 5 y 6, lo cual es un excusa barata para meter con calzador las muertes de las anteriores entregas.

Hablando del cura, este es interpretado por Jack Huff, actor que apareció en cinco película mudas en 1925 lo cual lo convierte en el Robert DeNiro del plató. Y ahora cogeros los machos, porque según imdb.com murió en 1987 cuando esta película fue rodada en 1995, lo cual quiere decir que a) (muy improbablemente) interpretó este papel en la forma de poltergeist o b) (seguramente) Clive Turner decidió exhumar su cadáver para hacerlo aparecer en la película. Aunque la verdad, pensando en esta última suposición; vaya mierda de actor para rescatar de la tumba, ¿es que Charles Chaplin, Buster Keaton o Gene Kelly ya estaban cogidos? 

Si os fijáis mucho pero mucho, veréis que en las comisuras de los labios salen unos hilos que son lo que le mueven la boca…

LOS AUTÉNTICOS HORRORES DE LA AMÉRICA PROFUNDA

Pero Clive, no contento con inundarnos de números musicales country, diálogos de borrachazos y emplear actores en avanzado estado de descomposición, nos regala múltiples momentos para enmarcar en nuestro Hall Of Fame de las peores escenas. Para empezar fuertes os presento el baile que lo petará el próximo verano en todas las discotecas desde Lloret a Torremolinos; el baile de la bragueta:

¿Gratuito? No, lo siguiente. De verdad esta escena no guarda absolutamente ninguna relación entre la escena anterior y la siguiente, simple y llanamente está ahí por el hecho de molar (en la cabeza de Clive Turner, claro está).

Siguiente escena. Los habitantes encuentran una (de las pocas) víctimas del hombre lobo y ven un papelito en el bolsillo de la camisa que les hace sospechar que podría ser un asesino en serie. ¿Llamar a la policía? Eso lo hacen esos señoritingos de ciudad, en el campo se entierra el cadáver y a seguir bailando country.

Lo siguiente ya no es una escena, más bien es una aparición Mariana que se da de vez en cuando y de una manera totalmente aleatoria; se trata de la señora de las cucharas. Durante los números musicales country, y que son un buen puñado, en determinados instantes aparece una señora mayor “tocando” unas cucharas. Sé que es una tontería, pero la dedicación y la pasión que le pone, y que ya es mucha más de la que hacen gala los responsables de esta película, la convierten en una roba planos y para mí la mejor actriz de toda la cinta, y eso que no dice ni mu.

Pero mirad qué motivación, qué alegría, qué risueña… casi que dan ganas de tirársela.

Y al final, cuando llevas como 88 minutos de aguantar bailes y conversaciones de bar, por fin se acuerdan de que esto es una película de hombres lobo y que tal vez estaría bien que se personara uno por ahí y, si no fuera mucho pedir, que viéramos una transformación de hombre a hombre lobo. Y como si Clive Turner nos hubiera oído a través de la pantalla del televisor, nos presenta el hombre lobo que ha ido matando a algunos, y que a los habitantes del pueblo se la ha traído flojísima:

¡¡¡¡PERO QUÉ ES ESTA PUTA MIERDA!!!! 88 minutos de borrachos en un bar para terminar viendo uno de los peores efectos hechos con… con… COREL DRAW y una careta de plástico de hombre lobo. Bien, una vez os hayáis recuperado de este espanto volved a poner el vídeo y fijaos detenidamente en la “contenida” interpretación del hombre de blanco al descubrir que los hombres lobos existen. Evidentemente aún faltan un par de minutos para llegar a los 90, así que nada como una bonita canción country para mostrar lo felices que están todos de que el misterio de las muertes se haya resuelto y puedan volver todos a sus quehaceres en la barra del bar.

Tras estos eternos 90 minutos de continua improvisación, uno tiene claro cuál fue el plan de rodaje. Es como si Clive Turner se hubiera plantado en el pueblo y hubiera expuesto su plan tal que así: “Vamos a ver mis queridos conciudadanos, me importa una total y absoluta mierda lo que pase en los primeros 80 minutos pero lo que está claro es que al final tiene que aparecer un hombre lobo, se aceptan sugerencias…”. Y entonces los amables ciudadanos, que trabajan gratuitamente en la película pensando que ésta situaría su mugriento pueblucho en el mapa, se ponen a lanzar ideas sin ton ni son: “Podría haber algún número musical…”, “Hay que destacar la importancia del chile en nuestra cultura…”, “La tía Herminia toca muy bien las chucharas…”, “Yo me sé un chiste de pedos…”. Y al final tenemos lo que tenemos un montón de subtramas que nos importan un bledo sobre los problemas que tiene Pappy con su chile y los gases que este provoca. Imaginaros si alguien hubiese dicho algo como “hacer un baile mejicano con grandes sombreros mientras agitamos escobas y recogedores” entonces…

 

ENTONCES…

 

No puede ser…

 

 

 

EN RESUMEN

Sinceramente, después de esta entrega, hasta hecho de menos a los marsupiales. El horror… el auténtico horror.



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Seagal