Review

Título original: Ben & Arthur

País: EEUU

Duración: 85′

Nota: Esta crítica ha sido escrita en colaboración con Oso

El cine cutre más divertido no vive sólo de robots, naves espaciales o zombies. También hay espacio para el drama puro y duro; y no nos referimos al drama que sufre el espectador, sino al género como tal. Películas tan hilarantes como ese clásico contemporáneo titulado “The Room”, dejan claro que para descojonarse a mandíbula batiente con un truño fílmico no son necesarios efectos especiales de baratillo ni todas esas cosas que se suelen asociar inmediatamente con el cine chungo. Hacer gala de una incompetencia absoluta a la hora de narrar una historia y contar con algunos de los peores actores del mundo, puede ser más que suficiente para desatar las carcajadas del respetable. Y “Ben & Arthur” tiene el honor de jugar en esa liga.  Os presentamos un drama romántico gay que puede provocar tantas o más risas que, por ejemplo, “Zombi 3” de Fulci.

¿Una película sobre una pareja homosexual que hará todo lo posible para que su amor triunfe, es digna de ocupar durante un largo tiempo el célebre Bottom 100 de la IMDB? Vamos a intentar dar respuesta a esa pregunta.

“Ben & Arthur” representa el sueño de Sam Mraovich quien, harto de las chanzas y discriminación a los de su clase, decidió liarse la manta a la cabeza y rodar su propia película en defensa del colectivo gay. Pero claro, una cosa es querer hacer algo y otra muy distinta saber hacerlo. Y al final su noble propósito se acaba convirtiendo en inevitable motivo de burla, por culpa de una cinta no ya tan mal rodada, sino que ni siquiera se aclara en lo que quiere contar y que al final acaba dejando a los gays por los suelos, con un reduccionista discurso que vendría a decir que aquel que no es gay, pues está loco, es racista, un asesino o vota al PP. Se ve que Sam no entendió muy bien aquello de que la mejor defensa es un buen ataque. O sí, pero no adelantemos acontecimientos.

Nuestro amigo Mraovich no sabrá hacer una película (de hecho, la cinta es un videazo claramente casero que por inexplicables motivos ha sido editado en DVD e incluso emitido por TV), pero sí sabe de cine, que no es lo mismo, y nos lo demuestra con la canción escogida para los títulos de crédito iniciales; atención.

Nada como empezar los créditos con un fondo de diarrera fluyendo para poner en ambiente al espectador.

Como habéis podido constatar, la película desde su inicio ya te pone en situación, en situación de mofa y descojone, con la mítica banda sonora de “El Golpe” que, maticemos, es una canción de Scott Joplin de 1902, pero que todo el mundo recuerda precisamente por la película nombrada, lo que no ayuda mucho a que nos tomemos en serio “Ben y Arthur” desde el primer minuto.

 Y por cierto, ¿hay algo que no sepa hacer este tío? Dirigida por Sam Mraovich, montada por Sam Mraovich, protagonizada por Sam Mraovich, el director de fotografía es Sam Mraovich, música compuesta por… oh, sorpresa… ¡Sam Mraovich! junto a un tal Chris… ¡Mraovich! (todo queda en familia), casting por Sam Mraovich… ¿Productor ejecutivo? ¡¡Sam Mraovich!! ¿Y el productor a secas? ¡Pues Mraovich también! Lo que sea necesario con tal de hacer aparecer tu nombre hasta 11 veces en los títulos del crédito. Un Juan Palomo cojo, un hombre del renacimiento que todo lo hace de la misma manera: con el ojete. Y quien considere que en este último comentario hay implicaciones homófobas, pues sí, me temo que está en lo cierto…

En Cinecutre nos importa una mierda lo que cada uno haga en su alcoba, faltaría más. Pero es que ante una película de esta calaña, resulta imposible esconder al pequeño Arévalo que todos llevamos dentro, espectadores homosexuales incluidos. Y sabemos de lo que hablamos, porque esta película se proyectó en la CutreCon III y fue precisamente el público gay el que lo dio todo con sus múltiples exabruptos. A medida que nos adentremos en la película, lo comprenderéis mejor.

MARICONEANDO EN HAWAI

La cinta arranca con un juez del estado de Hawai dictaminando una ley a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo. Algo que hace mucha ilusión a nuestros dos protagonistas, una pareja gay californiana que decide irse allí a casarse. El primer golpe de la vida no tarda en llegar cuando la sentencia es recurrida… Pero este hachazo del destino es superado, cuando ambos se piran a Vermont a sellar sus votos.

¿Por qué no fueron en un primer momento a ese estado? Ni idea, pero no tiene tanto glamour una luna de miel en las playas de Hawai que en un estado cuya oferta cultural incluye El museo de la pesca con mosca o El museo del sirope de arce.

Y ahí están haciendo la maleta… en una película en la que nadie se molesta en quitar el trípode de la cámara en los contraplanos… o tal vez la dejan para distraernos y que no nos demos cuenta de esos monitores tirados por el suelo y de esa alarmante falta de muebles.

Ben y Arthur ya se han casado. De repente, aparece la ex mujer de Ben diciéndole que no piensa firmar los papeles del divorcio y que espera que se vuelva meter en el armario. Ben se niega y ella saca un arma…  ¿Qué pretende? ¿Volverlo heterosexual a punta de pistola? Comienza un ridículo forcejeo por el suelo, en el que uno no sabe si luchan o se están magreando… De hecho, de seguir revolcándose un poco más, cualquiera diría que la mujer está a punto de lograr “curar” a su pichoncito. Veamoslo.

¿Luchan? ¿Retozan? ¿Ensayan la croqueta para un casting de una película de John Liu? ¿Y al cámara le da un ataque de párkinson? ¿Y esa casa está en ruinas? 

A escasos segundos de que Ben se la acabe beneficiando, nuestro héroe se hace con el arma y ella desaparece para no volver a ser nombrada jamás en la película. ¿Y cómo coñetas se ha unido a Arthur en matrimonio si aún estaba casado con la loca esta? Y que más da; todo es una escena ridícula para más adelante justificar que tengan una pistola en casa, como si siendo EEUU eso fuera necesario.

El matrimonio levanta las iras del hermano de Arthur, un tal Victor que es católico, apostólico, romano y, como buen heterosexual, se tiñe el pelo de rubio platino, decora su casa con velas de colores y bombillas de navidad en cualquier época del año, se depila, se hace las cejas, está fuertote de ir al gimnasio y siempre que puede se pasea en camisa de tirantes. Vamos, un palomo cojo no, directamente tetrapléjico.

Es ahora cuando hay que detenerse a hablar del hilarante casting de la película, el cual impide que te la puedas tomar mínimamente en serio… El reparto es un desfile de actores cada cual más homosexual que el anterior, fracasando miserablemente en su intento de hacerle creer a la audiencia que realmente son personajes heteros. Y es que en cualquier momento los actores parece que van a cruzar algo más que palabras… Las pollas, mismamente.

Sigamos con el argumento. Las cosas se ponen más jodidas cuando el párroco de la iglesia a la que acude el malvado Víctor –un barbudo con un perturbador parecido al mismísimo John Williams– se entera de que tiene un hermano sarasa y decide echarle de allí no sea que se contagie.

Y así las cosas, llegamos a otro de los momentos cumbre. Victor, asesorado por un tipo al que nunca volveremos a ver, se hace con una pócima que cura la homosexualidad. ¿Pero como dársela a Arthur sin que este se dé cuenta? ¿Dándole el cambiazo con el agua del botellín de la bicicleta? ¿Invitándole a cenar y poniendo ese brebaje en su sopa? No amigos, el plan es mucho más sencillo y lógico. Comprobémoslo en una serie de ilustrativas viñetas:

Paso 1: camuflarse cual ninja en las sombras e infiltrarse en el portal donde vive nuestra pareja protagonista hasta la misma puerta de su apartamento. Esa camisa amarillo canario es perfecta para pasar desapercibido…

Paso 2: preparar unas tiras de cinta aislante para enganchar la pócima.

Paso 3: pegar el brebaje en la puerta del apartamento. Y por supuesto, es muy importante dejar una nota en el botellín que ponga “Pócima que cura la homosexualidad”.

Efectivamente… el infalible plan consiste en pegar la pócima con celo en la puerta y salir corriendo, con la esperanza de que el hermano lo vea y, como es lógico, decida tomárselo. Porque todo el mundo sabe que si te encuentras una botella de un líquido raro en la entrada de tu casa, lo primero que vas a hacer es bebértelo. Por supuesto que sí. ¿Qué planazo eh? Claro, como es gay, debe pensar que se mete en la boca todo lo que encuentra por ahí… No encuentro otra explicación.

Obviamente el plan falla miserablemente y ello desata la furibunda ira de Víctor, que la emprende a hostias con… Dentro vídeo:

MRAOVICH, ESE GRAN ESCENÓGRAFO

¡Que poco respeto por el colchón! Ante tanta frustración, Víctor decide visitar al cura de su congregación para pedirle ayuda. A partir de aquí la película es una sucesión de idas y venidas puteándose los unos a los otros en secuencias a cada cual más estúpida que la anterior. Detengámonos en la iglesia a la que acude Victor, la cual resulta ser todo un digno ejemplo de austeridad. Ya podían aprender otras parroquias, veamos:

Mother…

… of…

… god.

Cruces hechas con cajas de cartón recortadas y pegadas con celofán, sillas de camping, cuatro paredes de corcho que parece que se van a caer en cualquier momento revelando que no han cambiado de escenario… Y coronando toda esta obra maestra de la escenografía, un retrato de Jesucristo con rotuladores Carioca que convierte a la autora del Ecce Homo en Velazquez.

“Ben y Arthur” es posiblemente la película con la peor escenografía que ha sido reseñada en Cinecutre.com. Y es que la iglesia no es el único sitio que parece atrezado por un mendigo invidente. Está la casa de Ben y Arthur, que parece que utilizaron un piso que debía de estar de mudanza durante la semana del rodaje, o quizá se trata de un piso okupa, porque tienen dos muebles y una serie de tapices y cuadros espantosos que van cambiando de plano en plano y que parecen de esos que un señor te pinta en la calle con spray. Por no hablar de ese colchón apoyado en la pared de cualquier manera y de un montón de monitores tirados por el suelo, que sugieren que la escenografía la realizaron acudiendo un par de veces al Punto Limpio más cercano. O a lo mejor comercian con chatarra, vaya usted a saber.

Pero eso sí, los pocos muebles que hallamos están elegidos con un gusto exquisito: tapizados de leopardo, atrapasueños y unas ¿cristaleras de iglesia? harán todo lo posible por sodomizarte las córneas

No sólo el diseño de producción esta más allá de lo que calificaríamos como jodidamente atroz. El resto de aspectos técnicos rayan al mismo nivel: ausencia de control de la luz, el sonido grabado directamente desde la cámara… De los FX, casi no podemos hablar ya que estos son inexistentes. Cuando se dispara un arma se procura que tanto el cañón como sus más obvias consecuencias queden fuera de plano, para no herir la sensibilidad del espectador ni el bolsillo de Mraovich.

Pero el director sabe que esta no es forma de tratar al público, así que en el clímax final decide introducir el efecto de un disparo sobre un mueble. ¿Lo agujerea? ¿le abre un boquete de aupa? No precisamente:

¡Tarjeta amarilla a la mesa por intentar engañar al árbitro! La mesa se marca un piscinazo que ríete tú de Cristiano Ronaldo

A todo ello hay que añadir que Sam Mraovich también tiene ramalazos de artista. No sólo quiere contar su historia, sino que además quiere poner su sello. Pongámonos en situación: Víctor enloquecido y con la ayuda de un compinche decide atacar al gran amor de Arthur y entonces pasa esto:

¡Toma ya! Elipsis, maravilloso “plano secuencia” de casi 40 segundos de Arthur yendo a por el coche y ya está, a Ben ya le han dado un repaso. El despliegue de medios es magnífico, se puede contar en la salida del supermercado no menos de 8 extras y hasta cinco coches en movimiento… porque es segurísimo que esto no lo grabaron de estrangis, claro que no.

Tampoco es que el Script, es decir, Sam Mraovich, tuviera su mejor día. No es que no respete el racord, es que directamente lo pone mirando a Cuenca.

Arthur se va a buscar a su pichurri al hospital…

… y para cuando vuelven (que es un fundido a negro) la pared ha desteñido, cuadros que se han descolgado o se han evaporado y muebles y electrodomésticos que han sido movidos por misteriosas fuerzas del cosmos.

Al final va a resultar que viven en la casa de Poltergeist, lo que explicaría muchas cosas… No vamos a contar mucho más de esta maravillosa película, quizá en una futura video review (sí, este 2015 vamos a experimentar con eso) nos adentremos en más aspectos del filme, pero hoy por hoy lo consideramos innecesario.

“Ben y Arthur”, un filme en defensa de los gays que parece absolutamente todo lo contrario y que una vez más vuelve a demostrar que aquellos que se quejan de no poder hacer cine por falta de dinero o subvenciones, son unos completos lloricas. Claro que a lo mejor aquellos que se quejan no tienen cuatro paneles de corcho en su casa para solventar el problema de las localizaciones, por lo que mejor nos callaremos.

Y cómo podía terminar esta crítica sin poner un bonito desnudo. Ahí tenéis un bonito primer plano de por donde ha salido el guión de esta bazofia. De nada chavales.



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Seagal