Review

Título original: Tiger Claws 3: the final conflict

País: Canadá

Duración: 90′

Revisando la filmografía de Cynthia Rothrock por su reciente visita a Madrid, uno se encuentra las habituales ensaladas de hostias con coreografías más o menos apañadas y argumentos que no son más que excusas para el lucimiento marcial de la protagonista (todo esto y más lo podéis leer en su biografía).

 

¿Cómo os atrevéis a meteros con la Cynthia? La Cynthia es la mejor, la más guapa y… y… y… ¡Viva forocoches!

 

Hasta que uno llega a “El espíritu del tigre negro”, una película que, aunque a primera vista es igual a las demás (un argumento-excusa para un baile de tortas), se revela como un montón de estiércol. ¿Sólo un montón? No, más bien una montaña de estiércol. Qué coño, no una montaña, sino toda la cordillera del Himalaya, con sus templos budistas, el Dalai Lama y sus seguidores, todo hecho de auténtica, putrefacta y marrón mierda con tropezones.

Una película que me pilló totalmente en bragas, ya que el resto de la filmografía de Cynthia, incluida la delirante “Undefeatable”, rara vez se sale de los mismos parámetros. Pero siempre existe una excepción, y esta cinta se catapulta directamente al Olimpo de lo oligofrénico y ofrece el surrealismo más frenético y desatado, que ni Dalí puesto hasta el culo de anfetaminas habría soñado jamás.

 

El espíritu del truño tigre negro

Sí, así de mala es “El espíritu del tigre negro”. Y eso que el argumento no deja de ser un sota-caballo-rey del cine de artes marciales: se presenta un enemigo más poderoso que el protagonista, éste entrena como un jabato, finalmente se carga al malo en una épica lucha final y todos contentos.

 Rinoplastia estilo tradicional chino.

Lo primero de todo, mirad el póster, en él se señala que Cynthia Rothrock es la protagonista, con su figura y su nombre destacados claramente. Pues la primera bofetada viene a los diez minutos de película,  cuando Cynthia MUERE, repitiendo la memorable hazaña de Steven Seagal en “Decisión Crítica”, que a tantos fans dejó traumatizados. Y es que a Cynthia le gusta seguir los pasos de los más grandes.

Y entonces el protagonismo de este truño recae en el muerto de hambre de Jalal Merhi, un cutrongo de la más ponzoñosa serie Z de artes marciales, que, cual sanguijuela, suele colarse en producciones de actores de mayor entidad que él. Y como buen cutre que es, tiene un oponente a su altura, ni más ni menos que Loren Avedon, que debe el 80% de su fama a las secuelas bastardas de “Retroceder nunca, rendirse jamás”.

En fin, completando este espectaCULAR reparto tenemos al típico, venerable y sabio sensei que guiará a nuestro protagonista por el durísimo entrenamiento. ¿He dicho venerable? Juzgad vosotros mismos:

 

Menudas pintas se gasta y además haciendo katas como un loco, ¿Pero este hombre qué desayuna? ¿Speedball? ¿Queroseno? ¿Colacao con “droja”?

 

Resulta harto perturbador ver al chino que explotaba en “Golpe en la pequeña China” haciendo aspavientos como un loco en medio de un parque y con estas pintas de beber el café directamente a morro de la cafetera. Además, tiene una hija que va por ahí también haciendo el mongólico y que sólo destaco porque es fea de cojones.

 

Por mucho escote que nos enseñes no desvías nuestra atención de tu cara de caballo.

 

El argumento es para mear hacia dentro: un par de policías (Merhi y Rothrock) evitan un robo en un almacén de objetos orientales antiguos. En agradecimiento, el dueño, que es un rancio y un tacaño, les invita a la inauguración de una exposición, que consta de tres únicos trajes que llevaron tres sanguinarios maestros de las artes marciales, pero que el espectador se huele que encontraron en alguna tienda de esas donde dejas tus prendas y te llevas otras.

La infame exposición degenera en un ritual donde un extraño monje (Avedon), realiza un conjuro que resucita a esos tras maestros, que además cuentan con poderes sobrenaturales.  Merhi es vapuleado, Cynthia asesinada y a nosotros se nos cae la cara al suelo de la vergüenza ajena que provoca toda la película…

Para interpretar a los tres maestros de las artes marciales, se fueron al más mugriento comedor social de Hong Kong, cogieron a los tres primeros vagabundos que encontraron y los vistieron con disfraces de los tres villanos de Superman 2, que previamente compraron en un bazar chino. Lo de las artes marciales no es problema, ya que mientras en el resto del mundo los niños traen un pan bajo el brazo al nacer, en Hong Kong traen un cinturón negro.

 

Al menos la película sirvió para que tres pobres indigentes asiáticos pudieran comer caliente.

 

Al final, en lugar del villano de turno, el apaleado es el propio espectador, y es que la cinta es una hostia tras otra dirigida directamente a nuestra cara, empezando por los (d)efectos especiales. Como los malosos tienen poderes sobrenaturales, pueden lanzar Kamehamehas y rayos destructivos. Lo que ocurre es que los efectos que utilizan ya estaban más que caducados en los años ochenta, ¡Y esta película es del año 2000! Mirad este vídeo y tendréis una idea de la extrema pobreza de los mismos:

No sé que es peor, si el rayo, que parece directamente pintado en el fotograma con rotuladores Carioca desgastados, o el “efecto” de la puerta cayendo perezosamente porque le han quitado las bisagras

 

Otra hostia la recibe el espectador cuando descubre las auténticas motivaciones del malvado monje para resucitar a los tres maestros. Nada más devolverlos a la vida, se van los cuatro a un restaurante chino de mala muerte, de esos donde las cucarachas hacen de camareros y animan el local, y tras acojonar y largar a los clientes, Avedon le echa en cara al encargado que hace un par de días no le tratase bien. ¿Qué? ¿Me estás diciendo que ha resucitado a unos monjes milenarios que siembran el caos por doquier sólo porque había una mosca en su sopa de soja o su rollito de primavera estaba frío? ¿Lo de rellenar una hoja de reclamación le sabía a poco, verdad?

 

“Yo decodificar clave wifi de vecino, tú apuntar, clave para red WLAN_0A ser xz000234bgt86”

Para poder vencer a los tres friquis milenarios, el protagonista deberá aprender la técnica del Tigre negro. Y tras mucha palabrería y rollo de sensei del tipo “hoy no te la puedo enseñar, ahora sí, ah no, dentro de un rato, espera, aún no estás preparado, cuando hayas hecho la digestión, etc”, al final resulta que la dichosa técnica se aprende en media tarde, al ritmo de la imprescindible y típica balada rockera. Ojo a esto último, que, tal y como nos enseñó el cine de los 80, es imprescindible para progresar en el arte de la lucha; no te pongas de fondo una jota a la hora de entrenar, que el resultado no será ni mucho menos el mismo.

Lo de la balada rockera lo puedo perdonar, ya que sucede en casi todas las películas del género. Pero lo que no tolero es que,  tras 80 minutazos viendo lo malvados y duros que son los tres chinos malosos, el primer combate se resuelva de la siguiente forma:

¿Pero qué mierda es esta? ¿Tanto tigre negro y su puta madre para simplemente hacerla tropezar?Y sí, casi todas las peleas son igual de penosas, coreografiadas por un babuino ciego y tetrapléjico.

 

Y ahora la traca final. Cuando nuestro héroe derrota al último de los malvados… Se marcan un Antonio Resines. Y es que el protagonista se había desvanecido durante la exposición y ahí está Cynthia Rothrock vivita y coleando, ya que todo había sido un sueño. Momento tras el cual, el sufrido espectador procederá a pellizcarse los pezones con unos alicates, con la esperanza de despertar de una pesadilla en la que visionaba este truñazo, pero no tendrá tanta suerte como Merhi.

Por supuesto, no falta el plano final del sensei a la salida de la exposición para dar a entender que tal vez no fuera un sueño pero, sinceramente, a esas alturas nos importa un bledo, si es que antes no nos hemos suicidado un par de veces.

Hasta que llegó la tercera entrega, las películas de la saga Tiger Claws no pasaban de ser los típicos cúmulos de mamporros de Cynthia Rothrock. Pero entonces la serie culminó en un auténtico despropósito alucinógeno de tres pares de narices, con maestros fantasma que disparan rayos y hacen explotar cosas, todo ello rodado con esos incómodos céntimos que se te acumulan en los bolsillos de los pantalones, y claro, al final sale lo que sale.

Por cierto, me pregunto cómo consiguieron la financiación para esta película o quién fue tan tonto como para poner el dinero…

Ah, vale…

En resumen

La filmografía de Cynthia Rothrock no es ninguna maravilla pero, por lo general, no engaña a nadie. Sin embargo, esta cinta, mala con la misma avaricia del Señor Burns, no sólo te engaña, sino que directamente te hace el tocomocho en tu jeta de imbécil, se ríe de ti y al final te deja planchado como si hubieras sufrido toda una somanta de hostias una detrás de otra. Se nota que la señorita Rothrock fue directamente a cobrar el cheque tras un gasto inesperado de esos que surgen a final de mes, realizando un cameo estirado en una película de la más ponzoñosa serie Z.



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Seagal