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John Liu (el responsable del mayor ejercicio de egolatría y caradurismo de la historia del cine caspa, “Made in China“) se vino a España a hacer multitud de cosas. Una, a presentarnos ese arte marcial llamado Zen Kwan Do, porque en Francia ese rollo ya no colaba. Dos, porque seguro que en su periplo por el país galo le habían explicado cómo las leyes españolas eran mucho más laxas a la hora de ir de fiesta, algo que a nuestra estrella le gustaba y mucho. Y tercera y más importante, dejar su legado cinematográfico a la humanidad.

Además, las francesas ya habían aprendido que cuando John Liu estaba cerca, era recomendable echar mano de la navaja castradora por si las moscas.

Si “Made in China” es su blockbuster, su 007, su película de espías internacional (rodada en el aeródromo internacional Empuria Brava, en la rebosante de guiris Platja d’Aro y en la también frecuentada por extranjeros Ceràmiques Anna) y, vamos, la película que hará que cualquier niño del mundo quiera ser como nuestro héroe; “Liu en México” sería la otra cara de la moneda, su obra magna, su película de época a mayor gloria de su faceta como actor, su “Lawrence de Arabia”, su “Ben Hur” de las artes marciales. Con acción y muchas tortas pero con una gran historia detrás que toca grandes temas de la humanidad y en la que, de paso, nos lega su papel más dramático, aquel por el que tendría que ser recordado.

Liu en México (por una vez y sin que sirva de precedente, sin John)

Ya desde el comienzo, John Liu se luce como un auténtico experto en las artes marciales, sobre todo en el ejercicio de una legendaria técnica que domina con maestría: “la croqueta”. Así, el protagonista, como si se hubiera metido 8 rayas de coca, se revuelca, retuerce y rueda desesperadamente por todas y cada de las putas dunas del desierto mejicano, durante unos interminables títulos de crédito cuyas letras nos ponen al tanto de las habilidades marciales de cada uno de los actores y de los premios que han cosechado en diversos torneos. Que aquí uno viene a ver tortas; lo del cine es secundario y las aptitudes interpretativas de los artistas nos la traen al pairo.

Unos créditos iniciales que, en la línea de otras películas de John Liu, nos indican sutilmente quién es el verdadero protagonista:

¡Toma dong para remarcar! a quien hemos venido a ver aquí!

Entonces, como en toda buena peli de John Liu, comienza el cacao. Sin avisar nos cuelan un larguísimo flashback que va a requerir del espectador no sólo toda su atención, sino también notas, mapas, brújula y astrolabio, para no perderse en una sucesión de escenas que son un constante pliegue y despliegue del espacio tiempo, donde al final no sabes ni quién va ni quién viene, cuánto ha pasado y dejado de pasar, ni cuándo es el “ahora” de la película. Por suerte esto “sólo” dura los treinta primeros minutos, luego ya volvemos a la narración tradicional.

“Tú, chino, haz el favor de poner en orden las escenas que no nos enteramos… ¿estamos?” La vida del artista incomprendido a  veces puede llegar a ser muy dura.

La cinta nos explica cómo los mejores luchadores del mundo se pelean por un medallón en forma de dragón dorado, el cual se convierte en un objeto de prestigio y al mismo tiempo en la maldición de su portador, ya que es el previsible blanco de todos los asesinos y buscavidas existentes. Por eso del azar, el medallón termina en manos de John Liu que interpreta a… John Liu. ¿A quién si no iba a interpretar? Da igual que la película se desarrolle a comienzos del siglo XX y en la frontera entre México y California. Liu, como bien saben sus fans, es atemporal, es eterno, y por tanto ha existido (y existe) en todas las épocas y países. Pero cuidado, no os confiéis pensando que es fácil entender la trama, porque esto del medallón tampoco es el argumento principal; sí pero no. Difícil de decir.

Acabado ese megaflashback que es como una película dentro de la película, el protagonista es agredido por cuatro indeseables que… ¡le queman los ojos! Es ahí cuando empieza la gran película de Hollywood que John Liu nos quiere brindar, un drama intimista sobre lo mal que lo pasará siendo ciego, regalándonos su interpretación más desgarradora. O al menos eso es lo que pasa por su enajenada mente. El pobre diablo que se tropieza con este desperdicio fílmico es testigo de un impresionante tour de force interpretativo de 8.000 caretos y tics por segundo, y uno ya no sabe si ha contraído ceguera o el síndrome de Tourette. Vamos, que con tanto aspaviento, más que un invidente parece la niña del Exorcista.

Esta parte tan conmovedora son otros eternos 30 minutos, que culminan con una intensa secuencia donde John Liu nos regala uno de esos momentos en los que te planteas dejar definitivamente de ver películas, porque más allá de esto no puedo existir nada… PEOR:

Me encanta el contraste que hay entre la apasionada interpretación de John Liu y lo aburrido que parece su doblador… pobre hombre, espero que le pagaran bien.

Esto nos lleva a que John Liu se someta a un novedoso entrenamiento a base de esquivar huevos colgados de hilos. Para ello contará con la inestimable ayuda de una chica muy mona que pasaba, literalmente, por ahí, y que en uno de los giros de guión más estúpidos  y rebuscados que recuerdo, tiene una mitad del medallón del dragón que por casualidad encontró tirada por el desierto, justo después de que al protagonista se le cayera tras tropezar con la última duna de Tenerife. Perdón, Méjico.

Deconstruyendo el cine, otra vez

Lo siguiente ya es una constante en su biografía (¡atención, cine de autor!); John Liu vuelve a demoler los convencionalismos cinematográficos, como ya hiciera en “Made un China”. Por ejemplo, el autor nos muestra una y otra vez que el Teide está en México… y yo muy mal pensado, he pensado que John Liu es un cutre que se ha ido a Tenerife a rodar. ¿Pero, y si no fuera así? Y si el Teide estuviera realmente en Méjico y he vivido todos estos años engañado preso de alguna delirante conspiración gubernamental para… para… yo que sé; vendernos las Canarias como destino turístico. Qué horror, cuántas dudas me surgen, esto es un sin vivir. El cine de John Liu es para las mentes más abiertas.

El segundo punto de interés cultural de la película es la reivindicación del camello como animal del Far West que fue. Siempre ninguneado por Hollywood y ese omnipresente sindicato del caballo que borró su impronta de los libros de la historia moderna. Por suerte, John Liu, que es una persona sensible con las causas perdidas, no duda en reivindicar el uso que se hizo de tan noble especie animal mexicana. Bravo por ti, John Liu.

 

La película también capta el horterismo que caracterizó a aquel periodo, como se puede comprobar con esta ¿¿alfombra de baño?? que cuelgan de un pobre caballo y que parece un cojín de esos donde pone “Recuerdo de Mahadona” o “La Vane te quiere mogollón”.

John Liu, siempre John Liu. Nada de tutearle, ni de llamarle señor Liu. En todos y cada uno de los diálogos los personajes tienen que decir siempre su nombre completo, “John Liu”, que quede claro que es una película de él, aunque, por razones citadas anteriormente, no tenga ninguna lógica. El actor incluso llega a interpretar a su propio padre, del que no sabemos su nombre pero no sería de extrañar que se llamara John Liu senior…

“Había pensado en contratar a otro actor para hacer de mi padre, pero comprendí que no podía dejar tanto tiempo a mis fans sin mi presencia…”

John Liu, esencia y epicentro del filme

Pero bueno, John Liu es un tío generoso y deja que otros actores le acompañen en esta clara obra maestra que quedará en los anales, es decir, en el culo de la historia. Por un lado tenemos una bella señorita de buen corazón que no puede resistir los encantos de John Liu y que le ayudará en todo lo que pueda para recuperar la vista. ¿De dónde viene? ¿A dónde iba? Y a nosotros qué cojones nos importa, lo importante es JOHN LIU, él es el centro de nuestra existencia y el resto de personajes son accesorios al suyo, así que la historia, más allá de su encuentro con el protagonista, no es lo primordial. John Liu siempre centrándose en las cosas importantes de la vida, es decir, él mismo.

En el filme también hay momentos para la ternura, ya que nuestra estrella tiene mucho amor que dar. Por ello tenemos al personaje de su sobrino, un niño occidental, rollizo y con tetas, cuyo parentesco con el héroe asiático se nos antoja un poco difícil (pero oye, si lo dice John Liu, a misa que va). Le apodan Tigre, pero no por su destreza, sino por su más que probable afición a los Tigretones. Y es que, por desgracia, el chaval no ha heredado las habilidades de su tío…

¡Un niño con tetas! ¡Justo lo que la película pedía para poder descojonarnos aún más! John Liu sí que sabe contentar a su público; por cierto me parece que va a tener trabajo con este pequeño zampabollos…

En esta vida he visto películas baratas, también tercermundistas, cine amateur nigeriano y, en último lugar, estaría la completa indigencia. Que es, siendo generosos, donde se sitúa el nivel de producción de “Liu en México”, que ya no es que esté rodada en descampados, sino directamente en parajes pedregosos de Tenerife y en dos casuchas/casetas de piedra, reconvertida una de ellas en la guarida del protagonista. La genial escenografía alcanza su cénit cuando vemos cómo, tras colgarle cuatro carteles andrajosos, la pared de un corral grande se convierte en la calle de un pueblo (la única calle que veremos en toda la película).

Con unos económicos carteles de cartón se puede convertir un corral/barraca abandonado en un lujoso decorado de cine… y el dinero sobrante se lo puede embolsar John Liu puede invertir en mejores FX u otros menesteres.

Pero eso no es todo, porque a John Liu le queda un último ingrediente para cocinar su obra magna, que consiste en introducir un tema universal y peliagudo: los esclavos chinos del ferrocarril. Así, de vez en cuando, el actor pondrá de manifiesto su deseo de liberarlos… y ya. Porque si esperáis ver alguna escena de chinos esclavizados construyendo el ferrocarril o el ferrocarril mismo, vais listos (lástima, porque un trenecito Hornby era lo que le faltaba a esta película para ser “perfecta”). Eso nos distraería de lo que realmente importa en el filme… venga todos juntos: ¡JOHN LIU!

Es más, sospecho que toda esta falta de medios es autoimpuesta por John Liu para embolsarse parte del presupuesto que el espectador no se distraiga con frivolidades como escenarios, vestuario de época o algún secundario memorable… Es decir, para que nada ni nadie le haga sombra en ningún momento. Tal vez el Teide y el niño con tetas son los únicos capaces de distraernos ante su majestuosa visión.

“Mira niño como me vuelvas a robar el plano te vas a llevar una somanta palos que las tetas se te van a quedar bailando hasta la pubertad”

Y como colofón a todo esto tenemos una interminable y ultra melodramática escena final en una playa volcánica, que en Méjico se ve que también las hay (como en Tenerife), en la que cuatro extras, un chino con bigote que no se sabe de dónde sale, el niño de las tetas, la chica que pasaba por ahí y un negro disfrazado de mejicano se lían a hostias, tiros y terminan revolcándose por la arena… recurso que John Liu, el director, cree que le da fuerza dramática a la cinta. De hecho la película está llena de gente haciendo la croqueta sin razón aparente mientras gritan desgarrados: en los créditos iniciales, en el flashback, en la escena cumbre melodramática de la cinta, en la tortura a John Liu para dejarlo ciego y en el somnífero clímax. Todos por los suelos, que se note el dramatismo.

Como ya se ha señalado, se trata de un clímax ultradramático, donde absolutamente todos los actores que participaron en la película, ¡¡¡incluido John Liu!!! mueren a tiros, a excepción de Tigre, que será el único superviviente de la masacre. Tanto reírnos del niño gordo y al final es el único que queda vivo. Creo que el mensaje es claro, sudad de las artes marciales, del papanatas de John Liu, y a zampar tigretones, que la vida es corta. 

Aunque lo cierto es que el chaval no da muestras de muchas luces,  con un poco de suerte se acaba pegando un tiro él solo.



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Seagal