Review

País: Estados Unidos

Duración: 89′

Vamos a entrar en uno de los pozos de mierda más jodidamente apestosos de la historia del cine, la obra del gran coprógeno Coleman Francis. El bueno (hijofruta  diría alguno) de Coleman dirigió tres películas (y protagonizó alguna más) que son como una especie de viaje en tobogán hacia el infierno. Empieza la cosa con “The beast of Yucca Flats”, donde Tor Johnson va de asesino radioactivo en serie, sigue con “The Skydivers”, un drama pasional famoso por su completa ineptitud narrativa y acaba con la película de hoy, “Red Zone Cuba”.  La creme de la merde.

Y es que “Red Zone Cuba” es la última vuelta en la tuerca de la cutritud más salvaje. Es una experiencia más allá de lo que uno puede concebir como cine casposamente casposo. Un zurullo del tamaño de un Moby Dick en versión de The Asylum.

El argumento es muy sencillo, no hay argumento, y es que ¿para qué cojones se necesita un argumento? En realidad a veces ocurre algo (pocas veces), y uno recuerda de nuevo las famosa frase de Yucca Flats, “Tocas un botón y pasan cosas”.  Y eso es lo que pasa:

Sucede que un reportero va a una estación y pregunta a un empleado de la Renfe yanqui si recuerda lo que pasó una noche en el año 61. Este pausadamente recuerda y no recuerda. Sin más, pasamos a un montón de escenas aleatorias, ya en flashback, animadas por la infernal voz de John Carradine cantando “Night train to mundo fine”.  Luego, un convicto llamado Griffin se une a dos vagabundos (Landis y Cook) y vuelan con la aerolínea de Cherokee Jack a un campo de entrenamiento de mercenarios que van a invadir Cuba. Tras 24 horas de mili, sueltan a catorce cenutrios a invadir Cuba (en dos oleadas, para que impresione más) donde son derrotados por tres soldados cubanos que se resbalan a cada paso que dan y un cuarto que les espera emboscado en un cagadero.

Encerrados por los cubanos, el trío ve que fusilan a prisioneros cada 2 minutos y desarrollan un astuto plan para fugarse al día siguiente a medianoche. Entonces aparece un coche con el Fidel Castro de pegote y una de dos, o temen que vuelvan a empezar a fusilar para tener entretenido al jefazo, o bien temen que este les vaya a largar uno de sus famosos discursos de más de 7 horas (véase aquí). El caso es que después de darnos un buen rato el coñazo con el plan, se lo saltan y se largan ipso facto. Agarran un avión y se van de vuelta a gringolandia, dejando abandonado a su camarada gangrenoso Chastain que les había prometido el oro y el moro a cambio de que le llevaran a él también.

Tras pasar el rato tirando a un pozo a un abuelete y violando a una cieguita, llegan al rancho de Chastain, decididos a quedarse el oro (uranio creo recordar) y dejar el moro. Engatusan a la supuesta viuda de Chastain y salen de camino a la mina do la fortuna se halla. Pero esta vez son descubiertos por los agentes de la ley y tras unos tiritos, Landis y Cook se rinden por quinta vez y Griffin se va al infierno derechito con un cigarrillo roto y un centavo (en forma de moneda de 25 centavos) en el bolsillo.

Presentemos a los personajes del este drama:

Griffin (Coleman Francis), un tío gordo e informe al que le gusta retorcer pescuezos de indefensos peatones y esnifar cañerías de aguas fecales. Se junta con dos vagabundos completamente inútiles tras huir de la cárcel y es penalmente responsable de perpetrar varias de las peores películas de la historia del cine.

Landis (Anthony Cardoza). Trs intentar triunfar en el difícil oficio de recolectar melocotones, y por supuesto fracasar, forma el trío “Los asesinos del Uranio” e invade Cuba. Ante el más mínimo problema se rinde con las manos en alto con estilo y donosura, y es también penalmente responsable de perpetrar varias de las peores películas de la historia del cine.

Cook (Harold Saunders). Responsable de la sección “Voy a poner caretos” del trío criminal.  Sabe tocar los tegumentos maritales ajenos con gran habilidad aun a riesgo de su propio pescuezo, y respecto a los propios se le congelan en una travesía en descapotable. El pedazo de película que no se pasa poniendo caras de pasmo o fumando, se lo pasa devorando fabadas diversas.


Bailey Chastain (o Chastine): Un soñador que suda mucho, no calla y que descubre el remedio para la gangrena en un campo de prisioneros de Cuba. Posee esposa, rancho y una mina de pechblenda. Quiere invadir Cuba para agradecer a sus abueletes que le prestaran tela para acabar la carrera, habría que contarle que es más sencillo mandarles una postal por Navidad.

Ruby Chastain. Da más comida a los vagabundos que Cáritas. Cuando el trío criminal aparece a desvalijar la mina de su marido, les orienta, les da picos y palas y un besito de buenas noches. De postre se lleva sin motivo alguno una ración de plomo, parece que muere y luego parece que no.

Cherokee Jack. Típico guaperas de Hollywood. Personaje de leyenda y Jefe Ejecutivo de Aerolíneas Cherokee Jack y de la Oficina de Reclutamiento Cherokee Jack. Demuestra que se puede obtener el título de piloto sin haber aprobado un solo curso de preescolar.

Sr. Wilson (John Carradine). Técnico o Ingeniero de trenes chu chu. La viva demostración de que no hay nada que no haga un actor si le pagan. Incluso cantar la canción más horrorosa jamás parida en el ancho universo de las películas cutres.

Momentos para el recuerdo (para desgracia del espectador):

El perrito Guau se deja la posibilidad de ser padre en un alambre de espino.

Cartel de Aerolíneas Cherokee Jack. Diseñado por la Comisión de Lenguaje No Sexista de la Junta de Andalucía.

Un Fidel Castro más falso que un billete de 666 euros de madera.

El gran momento “¿Pero qué cojones…?” de la peli. Tras siete planos del mismo cenutrio echando la siesta bajo una manta en el campo de prisioneros cubano,  aparece un cura y le da la bendición a un negrito al que van a afusilar. Tras eso, le piden al cenutrio de la siesta con manta un cuadro, y magia, debajo de la manta aparece este retrato. Luego se lo pasan al negrito que se queda contemplándolo con delectación.

La violación perpetrada por el elefante marino.

El diálogo, metido a martillazos en el montaje, más abracadabrante de la historia del cine.

(Suenan voces que parecen de un cocainómano con una merluza entera metida en la boca)

– ¿Qué vais a hacer conmigo?

– Tirarte al pozo…

Hay que oírlo para creerlo.

Y para acabar, las estadísticas:

Un 12.001 %  de la película son gente poniendo caretos en primer plano.

Un 10.33 %, son cenutrios pegando saltos (entrenando o haciendo que invaden Cuba).

Un 8,88 %, es Cook comiendo alubias como un descosido.

Un 25,7 %, son trayectos mudos de acá para allá, en coche, tren avión o lancha. Destaca especialmente el viaje iniciado en el minuto 63 de la peli, que parece exactamente la misma carretera que sale en “Manos. The hands of fate”.

Un 4,29 %, es un rollo de cualquiera de los Chastain explicando que Bailey Chastain se siente en deuda con sus abuelos en Cuba.

Un 4,5 %, corresponde a Griffin retorciendo pescuezos o apretando caretos contra su ingle.

Un 9,52%, corresponden a policías apuntado a vagabundos.

Un 6,66% son conversaciones que discurren mientras la cámara enfoca al careto de un tercero que no está metido en la conversación.

Un 5,42% son tomas de Griffin tirado en el suelo con el culo en pompa.

El resto es una mierda infecta, como todo lo anterior.

Y todo esto para contar que en un ataque de locura me dio por subtitular por primera vez al castellano este delirio y que, como es habitual, ya lo tenéis disponible en mi blog.

 ¡Que dolor, un hombre en el armario!

 



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Yulifero