Review

Hoy vamos a servir a la plancha una película que ni conocía, ni me apetecía conocer. Pero el ser un gourmand de cine cutre a veces obliga a degustar platos que uno no comería ni en medio del desierto del Sahara tras tres meses de ayuno. La razón es bien sencilla, soy un aficionado a toda la (buena) literatura y las películas sobre Sherlock, para mí este engendro es una ofensa muy personal.

Ya, el Sherlock de Conan Doyle y yo soy Caperucita Roja.

Pequeña sinopsis para ir ambientando el asunto:

Vamos a ver Londres sufriendo un bombardeo en diciembre de 1940. El Dr. Watson está muy viejito y quiere dejar por escrito la mayor aventura de Sherlock Holmes. Una enfermera que está con el empieza a tomar al dictado la narración del Dr. Watson. Hasta aquí todo perfecto salvo que…

La Luftwaffe está haciendo un bombardeo nocturno de Londres con mil y pico bombillas encendidas y además amenazando con destruir el “Puente del Milenio” (también conocido como el “puente del tembleque”) que se empezó a construir en 1998. En fin, como decía mi abuela hasta a la mejor puta se le escapa un pedo, pero mal empezamos.

Vamos a dejar la historia de momento para examinar a los personajes:

Watson (izquierda) y Sherlock.

Los dos junticos para comparar estaturas. Según las novelas de Sherlock, éste era más bien alto, (aprox. 1,85) delgado, de nariz aguileña, mirada aguda e inteligente. Su porte y su voz impresionaban. Watson era de estatura media, bigotillo y de complexión fuerte.

Cualquier actor elegido para encarnar a Sherlock suele tener unas tablas impresionantes y un porte muy distinguido y hasta arrogante. Salvo para los chicos de Asylum, que nos sueltan a Ben Syder, un tío con voz más que aflautada, taponcete y una cierta tendencia a poner caras de merluza encebollada. Para más inri, su carrera actoral comenzó con esta peli (léase, un puto novato). Y es que no hay nada como un buen casting. Por cierto, nos dirán que Sherlock no se llama Sherlock, se llama Roberto.

El Dr. Watson tiene menos delito, aunque el caballero Gareth es el Watson más blandengue que los siglos puedan contemplar y se ajuste poco al canon, su gran mérito es que no es Ben Syder, y que sabe mantener una cierta cara de póker a pesar de las mendrugadas que van pasando a su alrededor.

Rainer Thorpe Holmes. Exacto, un hermano de Sherlock. Hasta ahora todos creíamos que Sherlock solo tenía un hermanito, Mycroft. Pero el guionista se saca a este personaje de la manga tal como se podría sacar un burro con alas y nos lo pone como malo de la película.

Thorpe, no hace gala a su nombre y es bastante hábil, sabe construir velociraptores, androidas, pulpos gigantescos y dragones a vapor. El pobre está paralítico por un balazo incrustado en su columna y eso ha hecho que se vuelva un resentido, quiere acabar con la policía, la monarquía, Londres y cualquier cosa que suene a la pérfida Albión.

El inspector Lestrade. Personaje habitual de las novelas de Sherlock, detective de Scotland Yard, “un hombre flaco y parecido a un hurón” y muy enérgico. Sin embargo a pesar de la muy temprana fecha para la aventura holmesiana (Holmes y Watson se conocían desde 1881), aquí más bien parece un policía regordete sesentón a la espera de jubilarse en un par de meses. Lo único que hace en toda la película es aparecer por aquí y por allá sin dar mayores explicaciones.

Diversos bichos mecánicos. Tales como la chacha robótica steampunk, el velociraptor enano, el pulpo grande como un destructor y el dragón alado. Obras geniales de Thorpe Holmes. Tal y como cualquier avezado lector de literatura detectivesca sabe, estos bichos son muy habituales en las novelas victorianas de misterio. Me estoy empezando a creer que el verdadero autor del guión de esta película es el profesor Moriarty.

Pero volvamos a la historia. Nos habíamos quedado con el Dr. Watson dictando. Hagamos un flashback hasta 1882. ¿Cómo empezar una aventura de Sherlock? Con un Sharktopus gigantesco tragándose un carguero a vapor de carga aliñado con verduritas.

Esto es algo que sólo puede apreciar un cocinero gallego.

Nos vamos a una morgue, donde Watson quiere empezar a practicar una autopsia. Sherlock aparece por la puerta y dice, “envenenamiento por mercurio Dr. Watson”. Y luego explica su lógica deductiva, el cuerpo huele a pescado, hay pequeñas cicatrices en las yemas de los dedos del cadáver (vistas a una distancia de unos dos metros y sin siquiera darle la vuelta a las manos del muertito),  además hay una cierta decoloración del tono rosáceo en las mejillas y en los tobillos (algo muy raro en un cadáver, sin duda), y magulladuras en las caderas y rodillas (fácilmente observables a través de la sábana que cubre al occiso). La cosa es tan elemental que dejan al muerto tal cual y se van a entrevistar al único superviviente del naufragio.

El marinero pega alaridos y habla de serpientes gigantes.

El diagnóstico del Dr. Watson es que está como una regadera, pero que va para Sherlock no dice más que lo que ocurrió, otra vez todo es muy elemental.

Un pequeño paseo a pie por un parque y nos hallamos en los acantilados del Canal de la Mancha, donde Sherlock decide que hay que descolgar entre los riscos a Watson con una cuerda bastante mierdosa, ya que a fin de cuentas está más gordillo y ha servido en el ejército de cirujano. De nuevo elemental, tan elemental que Watson casi se escoña.

De vuelta a Londres vemos estampas de los bajos fondos, esa noche un cenutrio quiere perder la virginidad con una profesional del amor físico. Antes de que dé comienzo el fornicio ilícito aparece un velociraptor y se merienda al jovencito cliente. Se ve que al bicho no le va la carne rancia de la época de Matusalén porque a la muy veterana y desdentada prostituta la deja en santa paz y se va a seguir con su paseo.

Buaff, está más seca que la gallina de Tutankamón.

A la mañana siguiente, Holmes y Watson leen en el periódico las noticias del incidente y se van a pasear por el “bosque de Londres”, en este bosque tan silvestre como el parque de Yellowstone les empieza a perseguir el velociraptor, tras una emocionante huida acaban dándose de narices con una casa abandonada donde está metido el Inspector Lestrade. El inspector está muy cabreado y se larga a informar sobre el destrozo. Al parecer el velociraptor ha robado la bomba de agua de una fuente.

De nuevo volvemos al consultorio del Dr. Watson, una chica y su tío en silla de ruedas (ojo con esta parejita) quieren opio y otros suaves analgésicos. El Dr., a la vista de que necesitan medicinas de alto poder adormilante invita a la niña esa noche a ver la ópera, pero Sherlock le jode el ligue, convocándole para esa misma noche vía telefónica para merodear por los bajos fondos.

Otro “pequeño” anacronismo más, auricular telefónico modelo 1940.

Tras un breve paseo, Sherlock deduce que el cenutrio en busca de experiencias erótico festivas asesinado la noche anterior, lo había sido porque sus carantoñas interrumpieron el robo de hilo de cobre por el velociraptor en un taller vecino. Un consejito para la Guardia Civil, dejad de dar el coñazo a los gitanos rumanos con el rollo de los robos de cable de cobre, buscad velociraptores.

Watson y Sherlock se quedan vigilando dentro del taller y al cabo de un rato aparece el morlacosaurio para continuar sus latrocinios. En vez de huir, la pareja detectivesca persigue al bicho en valiente actitud. Holmes con valor se adelanta y eso lo aprovecha Watson para intentar pegarle un tiro en la nuca a su compi. Al poco el monstruico vuela a la planta superior y luego hiere a Sherlock, tras bombardear al detectivesco dúo con porrones. El cómo, ni me lo preguntéis, simplemente pasa. No son estas las únicas habilidades del saurio, al poco tiempo también dinamita una fábrica de caucho.

Otra habilidad sauriana más, cocinar cenutrios a la barbacoa.

El caso es que si sumamos pulpos, saurios, bombas de agua y cobre, eso nos dirige sin lugar a duda a un castillo en el quinto culombio donde con cierta guasa el guionista encargado de crear el plagio cutre del Sherlock de Robert Downey, decide que nuestro detective (que en realidad se llama Robert) se ha de enfrentar a.. ¡Ironman!. Vaya coña marinera, que diría mi tío Tiburcio. El chiste hubiera sido más completo si Robert – Sherlock al ver a Ironman se hubiera rascado los bajos. Bajos – downeys… ¿no lo pilláis?

Thor ahora viene, que está cagando.

Derrotados, se revela quién está dentro del Ironman; no es otro que su hermano Thorpe, que se quiere vengar de Lestrade y del Orfeón Donostiarra. Para ello le revela a su hermano y a su cuñado de hecho que Lestrade…

Encadenado con un toque de comic japonésido para alegrar el día.

…Le disparó por la espalda dejándole seis años paralítico con esta bala:

Debió dispararla con una raqueta de tenis porque está enterita, con casquillo y todo.

Pero el rollo ya se hace considerable, adelantemos. La chacha-esposa robótica steampunk mata de un disparo a Sherlock, luego Thorpe se monta en un mega dragón y va presto a prender fuego a todo Londres, mientras la fámula va a Buckingham Palace con una bomba adosada a las nalgas para acabar con la familia real británica.

Por supuesto que Sherlock no está muerto, Watson se ha de encargar de la doncella robótica explosiva y el protagonista encuentra un globocóptero, lo hace despegar y lucha en los aires con el dragón.

Y no, no ando trompa, en globocóptero he dicho.

Y comienza la fiera y ardorosa batalla…

Insisto, el verdadero guionista de esto ha de ser el Profesor Moriarty.

Después de veinte minutos de lucha a ritmo de trote cochinero, Watson liquida a la robota y Sherlock estrella el bicho de su mañoso hermano con una hábil colisión. Thorpe muere, se ve luego que Lestrade era inocente y como gran final, Watson y Sherlock nos recuerdan lo muy británicos que son…

Tomando una tacita de té, como reposo del guerrero.

Volvemos a 1940. Watson estira la pata, la enfermera va a poner flores a su tumba y de lejos ve la tumba de Thorpe Holmes y frente a ella una compungida robota. Y surge la gran pregunta:

Si fuera posible construirse una esposa robótica, ¿quién cojones le pondría ese careto?

Y los de Asylum dicen que lo de ellos son los mockbusters, algo así como hacer risas de los grandes lanzamientos. En realidad se hacen risas del público, el Sherlock de Robert Downey no es que sea una maravilla, y convierte a la pareja detectivesca literalmente en ninjas y pasto de las palomitas, pero al menos algo entretiene. Esta cosa, dirigida con pulso parkinsoniano por la gran Rachel Goldenberg (Sunday School Musical, es su aval) es un festival de pedos en la cara del vidente sin un una sola virtud que la redima. Una verdadera caca.



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Yulifero