Review

Título orginal: Tales of an ancient empire

País: USA

Duración: 85′

El director Albert Pyun es una cucaracha, pero no porque sea alguien despreciable y su cine resulte repulsivo y asqueroso (yo más bien lo catalogaría de aburrido y anodino), sino por su capacidad de adaptación al medio. Como buen superviviente nunca ha dejado de hacer cine, siempre amoldándose a las circunstancias de la industria. En los ochenta bajo el paraguas de la Cannon, a principios de los noventa gracias a los directos a vídeo, a finales de los noventa/principios de los dos-miles rodando telefilmes y en última instancia siendo un auténtico hombre orquesta, produciéndose y distribuyéndose sus propias películas.

“Eso es, cubríos bien la nariz, que vamos a hablar de la última etapa de Pyun”

Eso sí, en cada nueva etapa de su carrera pierde recursos y presupuesto para sus filmes, pero a él no le importa, porque su ambición siempre ha quedado intacta. Ya puede tener un gran estudio de Hollywood respaldándole, como el garaje de su casa de lugar de rodaje, que él no se va a sentir limitado. Eso sí, el resultado casi siempre es el mismo: una nueva crítica para esta página (Tiempo límite, Cyborg, Explosión, Adrenalina).

Tales of an ancient Empire” es quizá la mejor muestra de hasta dónde ha degenerado la carrera de este cineasta de raza que no conoce el ridículo y que seguirá rodando películas hasta el día en que se muera, incluso con todo en su contra, como en el caso que nos ocupa. Se trata de la esperadísima, por él y por su mujer, secuela de su debut “Cromwell, el rey de los bárbaros”, película que ya en su final incluía una referencia a esta segunda parte. Y por fin, 20 años después, Pyun se decidió a filmarla. ¿Mereció la pena la espera? Pues depende… Para los propósitos de esta web, ¡segurísimo!

90 MINUTOS, SEA COMO SEA

Como no podía ser de otra manera en el género, la película comienza con una larguísima secuencia de introducción con fotos y texto que nos explica el argumento. Después vienen los títulos de crédito. Entre pitos y flautas, cinco minutos de metraje en los que aún no ha empezado la película. Me empiezo a oler algo raro…

Bien, parece que por fin comienza. Unos corsarios se cuelan en un decorado de corchopan de un parque de atracciones y encuentran una tumba. De ella surge una vampira que se los come a todos, no sin antes soltarles un innecesario rollo macanudo de casi 5 minutos de duración. A partir de aquí ya no me huelo nada, directamente me escuecen los ojos del pestuzo. Y es que, como más de uno habrá adivinado, la principal labor de Pyun en esta película es alargar las secuencias todo lo que pueda.

A lo largo de la historia del cine ha quedado patente (y esta web lo ha dejado claro muchas veces) que cualquier cosa, CUALQUIER COSA que muestre al mismo tiempo imágenes y sonidos puede ser considerada película. No hay normas fijas. Da igual que esté grabada en formato vídeo, con un móvil, sin guión, en una piscina hinchable, en un garaje o los planos no cuadren. Eso sí, hay una única condición que toda película debe cumplir para ser catalogada como tal.  Sobrepasar la hora de duración. Con tanto rodaje a sus espaldas, Pyun ha aprendido esta valiosa lección y sabe que, aunque no tenga dinero ni platós ni actores de verdad ni nada de absolutamente nada, podrá conseguir una película y colárnosla si logra alcanzar los 80 minutos de duración aproximada.

De este modo, este amago de película discurre entre aburridísimas y rutinarias peleas de tres al cuarto y discursos alargados más allá del infinito, hasta tal punto que la única lucha emotiva a la que va a asistir el espectador es la que mantiene el director con el reloj, peleando desesperada y encarnizadamente por alcanzar esa duración mínima necesaria.

Pero volvamos a la película, que ya que me la he tragado pues os la cuento. Tras la secuencia de la cueva, la trama se traslada a otro lugar pero sin cambiar de emplazamiento. ¿Que cómo es eso posible? Pues muy fácil; colgando unas alfombras por la pared y tapando todo el corchopan de la cueva. Voilá, así llegamos al palacio del reino de Abelar, que más que un palacio, parece, pues eso, un garaje con alfombras por la pared a modo de atrezo. Y claro, con palacios así, uno se pregunta si esto es un reino o un poblado chabolista. Desde luego, la plebe de Abelar no puede quejarse de que sus majestades hagan ostentación alguna de su posición y privilegios; estos reyes son todo un ejemplo de humildad y moderación.  

Tales of an ancient empire, la primera película patrocinada por el El rey de las alfombras, el mayor expositor de tapices, alfombras y cortinas de Europa; nos encontrarás en la carretera de Sants nº23, Barcelona. 

Eso sí, la moderación no está reñida con la falta de seguridad, y por ello, aunque el palacio sea un auténtico cuchitril, cumple con la normativa vigente y cuenta con… ¿¿¿PUERTA DE EMERGENCIA??? Por dicha puerta huye la princesa del reino, harta de tanta precariedad.

Quitadas las alfombras, volvemos a la misma cueva de corchipan pero rodada desde un ángulo distinto, y de allí a la ciudad de Douras, donde una princesa busca la ayuda de su medio-hermano Aedan (Kevin Sorbo, que también colaboró en la producción de la película, aportando un disfaz que tomó prestado del rodaje de “Hércules”). Y así, de tanto alargar, Pyun casi logra un hito cinematográfico: que el supuesto protagonista no salga hasta los casi 40 minutos de metraje (lástima que Uwe Boll se le adelantara con su obra maestra).

Que os quede claro, aquí los actores con mayor caché son… los caballos, que en alfalfa ya cobran más que los otros juntos.

Nos aguardan diez apasionantes minutos más de gente sentada en una mesa discutiendo si Kevin Sorbo va o no va a la aventura… ¿Lo hará? No sé, desde luego hay muchas dudas, sobre todo viendo su careto gigante en el póster y sabiendo que su salario se debió comer más o menos el 99,2% del presupuesto (el 0,8 restante se fue en las alfombras). Cumplido el objetivo de llegar a los 50 minutos de metraje (que ese era el motivo por el que los personajes se estaban reuniendo, que no traten de engañarnos), Sorbo, contra todo pronóstico, aceptará el reto. Pero no irá solo, sino que a acudirá a pedirle ayuda a sus medio hermanas. Sí, lo habéis adivinado, otra excusa más para que el director pueda colarnos tres o cuatro conversaciones extra; que la fiesta del parloteo de relleno no decaiga.

Cansados de tanta de charleta, llegan unos vampiros y los secuestran a todos. Y justo en el momento en que nuestros héroes van a ser ejecutados,  un misterioso personaje los rescata. Ya no quedan excusas para acudir a la batalla final. Por fin nuestros héroes irán al castillo de marras a liberar el reino de la vampira suprema y veremos luchas, algo de acción, un poquito de sangre… Y justo entonces, aparece esto en pantalla:

¡¡ME

… CAGO EN SUS…

… PUTOS MUERTOS!!

“Red Moon”, próximamente dentro de 20 años. Rodada con el móvil y en el patio del asilo de ancianos.

Segundos antes de que me lanzara por la ventana, me asaltó la cordura. Y es que, si sólo llevábamos hora y cinco minutos de metraje en una peli que alcanza los 90 minutos, tenía que haber algo más. Sí, lo había. Ese algo más eran… 17 PUTOS MINUTOS DE CRÉDITOS FINALES. 17. PUTOS. MINUTOS. Pyun cumplió su objetivo.

“LO JULO, YO NO HE SIDO, SEL CHINITO BUENO…”

Albert Pyun, el director con más excusas de la historia del cine, no tardó en salir a la palestra dando una explicación; que si esa “no era la visión que él tenía para la película”, que la distribuidora la había editado con los efectos a medio hacer, que si el guión se lo comió el perro, etc, etc, etc. Una cosa esta clara, esta no era su visión, porque el mentecato, visión, lo que se dice visión, no debe tener ninguna, si atendemos a la fotografía a ratos medio quemada, a los cinco mil filtros digitales que mete y esos focazos rojos y azules de puticlub que planta en cada escena, trasladándonos así su punto de vista de la historia, es decir, dejándonos completamente ciegos.

Que si Albert, que si; que igual los de la distribuidora te putearon (como siempre), pero no me jodas, con tanta charleta esto parece porno de hablar, salpicado de vez en cuando con algún conato de acción y todo a ritmo de caracol tetrapléjico. Y es que menuda acción… esto quien lo ha coordinado… ¿un profe de psicomotricidad de párbulos?

Y por si fuera poco, entre las diversas escenas tenemos una especie de titulitos, a modo de capítulos para la historia, que de repente a los veinte minutos el montador se cansó de meter y los mandó a tomar por culo. Por no hablar de la animación para las ciudades, sacada no ya de la versión de prueba, sino de la versión pre-pre-alpha del primer 3D Studio Max, cuando los programadores sólo tenían unas dos líneas de código escritas. Y la hemorragia ocular definitiva llega con el siguiente naufragio, tan increíblemente pixelado que más que mostrar dicho naufragio, parece que lo quieran censurar. Sólo falta el sonido distorsionado para conseguir el efecto completo.

El siguiente naufragio puede herir su sensibilidad, así será más facil de ver

EN RESUMEN

En total, 20 minutos de créditos por delante y por detrás para lograr convertir en película 50 minutos de diálogos rodados en tres tristes escenarios con dos focos y un puñado de colmillos de plástico. Ole los dos cojones de Pyun, que a estas alturas deben ser grandes como el iceberg que hundió el Titanic.



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Seagal