CRITICAS
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The Gingerdead Man (2005)

por en 29 mayo 2020
FICHA TÉCNICA
 
TÍTULO ORIGINAL:

The Gingerdead Man

PAÍS:

Estados Unidos

DURACIÓN:

70 minutos

 

¿Listos para una nueva y espantosa película?

“La inutilidad humana no conoce límites”, esta es mi conclusión después de ver ‘The Gingerdead Man’. Comprender cómo con unos ingredientes tan buenos no se sea capaz de sacar algo medianamente aprovechable o divertido, es algo que está por encima de mí. ‘The Gingerdead Man’ es la nueva “súper” franquicia de la Full Moon, la productora de Charles Band, que nos ha brindado películas como la saga Puppet Master, Trancers, Demonic Toys o Evil Bong, la mayoría producciones que nadie conoce, pero que cuentan casi todas ellas con una infinidad de secuelas.

No puedo imaginarme cómo Gary Busey se dejó liar por su agente para meterse en semejante cosa. Me imagino que Charles Band le debió de pagar directamente en especias, y no hablo de pasteles o galletas sino de algo más bien parecido a azúcar, y que a tenor del esperpéntico prólogo que abre la película, Gary se lo debió de tomar “muy a pecho”. Porque el tío está totalmente desatado y nos recuerda sus mejores momentos en Alerta Máxima: travestido y fumándose un puraco mientras se carga al capitán del Missouri.

Clases de arte dramático con Gary Busey, lección 1: conflictos internos.

Gary Busey es un súper asesino que es condenado y ejecutado en la silla eléctrica gracias al testimonio de una familia de pasteleros. Estos no tardan en recibir una misteriosa caja con pasta para hacer sus hombres de jengibre. Preparan uno sin sospechar que… están dando forma a un hombre de jengibre asesino, una reencarnación dulce de Gary Busey.

A partir de ahí pasa lo más aterrador, lo más terrible que se puede ver en pantalla, aquello que te hace arrancarte los ojos y gritar: ¡¡¿¿Por qué??!!… sucede que no pasa absolutamente NADA. Menudo rollo, los protagonistas están en la pastelería con un hombre de jengibre suelto por ahí, sin hacer nada. Ni piden auxilio, ni se largan por patas, ni deciden hacer nada de NADA. Además, están sordos como tapias porque de vez en cuando, alguien en la trastienda es atacado de forma monótona y previsible por el hombrecillo de jengibre y por mucho que grite de terror o pida auxilio de forma desesperada, nadie se entera de nada. Caray, debe ser la pastelería mejor aislada acústicamente del mundo, porque ni cuando se empotra un coche en ella se enteran.


¡Hoy en día le dan el carnet de conducir a cualquiera!

La película cuenta con la típica colección de estereotipos: la heroína afectada psicológicamente por la muerte de su padre, su madre borracha, la amiga que enseña todo el escote, el punk de buen corazón, la rubia estúpida, el malvado empresario que quiere comprar la pastelería para reconvertirla en una fábrica impersonal y el empleado friki fan de la lucha libre. Los aficionados a los estereotipos se rendirán ante este despliegue de originalidad y personajes planos como la pared.

La galleta asesina parece más una pasa que una galleta. Entre su lamentable aspecto y el hecho de que está animada con el culo de un mono con parkinson, acaba teniendo ese aroma megacutrongo que tanto agradecemos en Cinecutre.com. Desgraciadamente esto no compensa el escaso gore y la ausencia de pechuga, que ponen la guinda a la deplorable pobreza del filme.

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Finalmente, la versión pastelera de Gary Busey encuentra su perdición en un desenlace que convierte al de ‘Mortal Kombat: Aniquilación’ en memorable. El hombre de jengibre es apresado por uno de los compañeros de la protagonista, que lo inmoviliza con las manos y, acto seguido, empieza a COMÉRSELO, ahí con un par. De dos bocados le arranca la cabeza, la mastica, se la traga y lo baja todo con un largo trago de leche.

¿Quién dijo que sólo James Cameron sabe rodar finales épicos?

Pero como Charles Band y su séquito en seguida notan, la película sólo ha durado 50 minutos (que por otra parte sientan como dos días), y se sacan de la manga que el tío que se ha comido la galleta, es entonces poseído por Gary Busey y su histrionismo. Así empieza un segundo combate final, que básicamente consiste en Busey riéndose de lo malvado que es, mientras los buenos abren el horno sin que esté se de cuenta, lo empujan dentro y lo cuecen como una simple galleta. JODER, no pido un final con explosiones nucleares (o sí), pero al menos que me den un cierre con algo de emoción, no al soplagaitas de este actor de tercera categoría con la voz de Gary Busey horneado estúpidamente.

Mmmmm… tetas con azúcar glas.

A trancas y barrancas los responsables consiguen que la película dure unos justitos 60 minutos, pero para terminar de rellenar metraje empiezan a poner imágenes de los actores con un texto sobreimpreso diciéndonos quiénes son. ¿De verdad tenéis ganas de saber quién hace de rubia idiota? ¿O de friki de la lucha libre? Es que ni los actores de mayor edad son viejas glorias venidas a menos, parecen simples viejecitos que han sido terriblemente engañados por Charles Band para salir en la película. En realidad ellos sólo querían hacer una excursión a Lourdes con el Imserso y ese malvado de Charles los obliga a salir en producciones de serie z y a recitar diálogos de tele-culebrón de las tres de la tarde.

 

En resumen

Tropocientos chistes malos más tarde de galletas y pasteles condensados en apenas una hora. Maldita sea, ya no voy a poder ver con los mismos ojos ‘Le llaman Bodhi’, ‘Depredador 2’, ‘Alerta máxima’ o ‘Arma letal’. Maldito seas Charles Band por mancillar el nombre de Gary Busey. En fin, lo único que he sacado en claro de esta traumática experiencia es que me apetece comer unas galletas.


¿Estáis locos o qué? A mí esta película me tuvo una semana sin poder dormir.

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