Review

Tarantino, eres un plasta.

 

Hace algunos meses empecé a llevarme palos en el foro por meterme con una “vaca sagrada”, lo que a mí me parecía un “pufo sagrado” que si tenía algo de excepcional era más su carácter excéntrico que su labor como director. Pues siendo así, esta vez lo voy a petar, porque el tipo que me tiene ahora los huevos como sacos de boxeo es el pavo que mereció rozar el cielo conReservoir Dogs y Pulp Fiction, que bordó los guiones de Abierto hasta el Amanecer y esa piecita de Four Rooms que desata la risa, y que se ha convertido en una primadonna insoportable empeñado en rodar lo que le sale de los cojones.

 

No seré yo quien diga que las dos partes de Kill Bill son un coñazo soporífero, que poco más aportan que un culebrón siestero con un par de golpes de katana, ni tampoco me meteré con ese bodrio-pitorreo que es Death Proof, mezcla de sopa de palabras y dedos de pie con nada más que ofrecer que una escena final emocionante.

 

Tarantino ha desoído el consejo de su propio Señor Lobo, aquello de “no empecemos a chuparnos las pollas todavía”, y de tanto sorber se le ha subido a la cabeza y se le ha hecho pasta en el cerebro. Tener el culo barnizado de saliva con las babas de un puñado de críticos y una legión de admiradores cada vez más desconcertados, le han puesto a Quentin el ego por las nubes y ya hace tiempo ha decidido trabajar para sí mismo y mandar todo al carajo.

En este estado escribí el guión. No le deis más vueltas.

 

Así, después de meses de expectativas, tráileres engañosos y mucha promoción nos plantamos en el cine con ganas de ver a Brad Pitt y compañía afeitando nazis sin espuma y a la altura del pescuezo, pero lo que encontramos -oh, Señor T, cuántas veces le alabamos- es la primera película en la historia en utilizar al menos un par de veces todas las palabras del diccionario y también una estafa monumental. Porque eso es Malditos Bastardos, una tomadura de pelo.

 

Titular a esta película Malditos Bastardos es como coger El Rey León y titularla Las Aventuras de Timón y Pumba. Es decir, que nos venden una peli y nos dan otra por la puta cara.

 

Los carteles de Brad Pitt, Eli Roth y demás Bastardos cuchillo en mano y las sinopsis que hablaban de una panda de soldados americanos empeñados en cazar el mayor número posible de nazis no son más que un mero reclamo para enganchar al espectador, para hacernos picar y comprar la entrada de la peli de una joven francesa de origen judío ante la ocasión de vengarse de los nazis que mataron a su familia.

 

¿Y los Bastardos? Muy bien, gracias. Haciendo el cafre por ahí, no dando una a derechas y colándose de vez en cuando en el resto de la trama.

 

Imagínatelo con ese bate y esa cara de salido  mirando el culo de la madre de Tarantino. ¡Justicia!

 

Para no salirnos del “esquema Tarantino”, Malditos Cansinos tiene una estructura diferenciada en capítulos donde cada uno de ellos se rige por el mismo patrón: inicio más o menos interesante, charla, charla, charla, un “retratito” innecesario, diálogos ajenos al desarrollo de la película, atención exagerada a detalles absurdos, más charla y tiroteo/traca final.

 

Las escenas empiezan bien pero al poco las conversaciones se desvían, se extienden sin medida, de forma casi ridícula y sin llevar a ninguna parte. La tensión se va al carajo cuando los tipos no paran de hablar pero tampoco pasa nada, y de repente algún chispazo de acción -Eli Roth bateando cabezas- o alguna frase genial –‘Diga aufwidersen a sus huevos nazis’– y pasamos al siguiente capítulo interminable.

 

Malditos Bastardos tiene, sin embargo, un comienzo espectacular, una escena inicial que supura gran cine, tan buena que casi pasamos por alto que dure siete lustros y que un soldado nazi nos explique con detalle los beneficios de beber leche. Bueno, pensamos, ya mejorará. Y bien si lo hace, porque al momento sale Braulio con su bigotillo y le suelta a su cuadrilla el discursito militar de marras, ése que hemos visto veinte veces en el tráiler y que hasta parece gracioso.

 

De hecho, si te gusta el tráiler, ya has visto lo mejor de la película.

 

“La barrera un poco cerca pero vamos a intentarlo”.

 

Y a partir de ahí prácticamente los Bastardos desaparecen y con ellos la emoción, el interés y las pocas oportunidades de echarse unas risas. Pero a cambio empieza el festival de pies, de charlitas interminables -me alegro de que Tarantino haya hecho la peli sobre Hitler, porque si la hubiera hecho sobre Fidel todavía estaríamos esperando que acabara- y una sucesión de casualidades y situaciones sin coherencia que chirrían a “yo quería hacer la peli sobre Brad y sus Bastardos, pero como cada vez escribo peor me salieron unos personajes tan de mierda y tan vacíos que tuve que completar la historia con todo esto”.

 

“Pues resulta que Lili Marleen es una canción sobre una tía a la que le van las pollas grandes.

Que sí, que sí. Me lo ha dicho Goebbels”.

 

Para empezar, la muchacha que se escapa de la granja del principio en 1941 en tres años crece un huevo y se hace cargo de un cine parisino, así, viniendo de la nada. Ha pegado un pelotazo y ha encontrado una tía lejana a punto de palmarla que la deja en herencia un cine. Toma, pa que después te quejes. Y mientras saca brillo a las letricas de la marquesina enamora a un yogurín del Tercer Reich, que de paso es héroe de guerra y chaval majete que te cagas.

 

“Vas a poner ‘Luna Nueva’, ¿verdad? ¿Verdad que vas a poner ‘Luna Nueva’?”

 

El héroe de guerra va a estrenar una película sobre sí mismo, algo así como los Beatles o las pavas de Sexo en Nueva York pero siendo uno solo, y como es prota y su cara sale en grande en los carteles se saca de las cláusulas un decreto por el cuál casi puede elegir el cine donde se haga la première con presencia del Führer.

 

Hay que ver lo que se tiene que inventar uno para echar un kiki. Debe ser que no tienen cines en Berlín y van a estrenar “El Orgullo de la Nación”, alemana, por supuesto, en París. El caso es que el chaval consigue que Adolfito acepte estrenar la película que ensalzará el orgullo nazi y los valores del Reich en un cine enano de mierda, dirigido por una judía y con un técnico de proyección negro. Con dos cojones.

 

(Ahora, como si fuéramos idiotas, una voz en off surgida de la nada nos explica que las películas de nitrato arden como bengalas, se ve que Tarantino no sabía cómo contarlo a través de sus personajes.)

                        Rubia: Como yo soy judía y tú eres negro vamos a llenar el cine de nazis. ¿Qué te parece?

                 

                        Negro: Hija de puta.

   

                        R: Tranquilo, hombre, lo quemaremos todo, con nosotros dentro.

   

                        N: Mmm… No lo veo, niña, no lo veo.

 

 

A todo esto, no nos olvidamos del Teniente Aldo Raine, verdadero ley motive y razón de que hayamos entrado al cine a ver una de nazis sin Tom Cruise ni Bryan Singer. Anda perdido por los bosques de la Galia levantando los flequillos de los nazis imprudentes e inventando el concepto de Tatoo Cazurro mucho antes que los puesticos de la playa.

 

Después de los nazis, el bueno de Brad la tomó con los niños mago.

 

Pues resulta que una actriz alemana famosa pero algo desagradecida se apunta a dar por culo al Reich y concierta una entrevista con los Bastardos en un bareto lleno de Hooligans nazis. Eso es tener ojo y buenas intenciones. ¿Por qué no se van? ¿Por qué no poner una excusa y largarse? Tarantino no lo explica, sólo decide que la vamos a liar y a nosotros nos sorprende que la mejor escena de los Bastardos en toda la película se la pierda nuestro amigo Brad, que debía estar fuera echándose un pitillo, o dibujando algún graffiti de esos suyos porque no se entera de los tiros hasta el final.

 

Pero la chica resucita con sólo un piquete en la espinilla y de esta manera los Bastardos se enteran de la escapadita cinéfila del Führer. Deciden pasarse ellos también por la alfombra roja para perpetrar un atentado, que aunque no lo sepan iba a producirse de todos modos, es decir, Tarantino nos la cuela con unos personajes que no tienen prácticamente ninguna repercusión en la trama o, si la tienen, como acaba sucediendo, ésta no es más que meramente casual.

¡Soy Rocco Siffredi, y la tengo así to’l rato! ¡Yeha!

Dos horitas después, muchos pies y reflexiones trascendentes mediante, tenemos al Führer, a la actriz, al héroe de guerra, al negro y a la rubia y a tres Bastardos subnormales en un cine de tres al cuarto, vigilados todos por el verdadero alma de la película, un jefazo de las SS espectacular interpretado por Christoph Waltz que sostiene por sí sólo toda la función hasta que de pronto se convierte al soplapollismo que profesan Pitt y sus Bastardos, se le va la pinza un huevo y pasa a ser un pelele que farfulla y lo flipa mogollón.

 

“¿Es el Enemigo? Que se ponga”.

 

El caso es que el Führer, con sus palomitas y su Coca cola bien fresquita, disfruta como un enano bigotudo con los tiros y las muertes en pantalla hasta que todo empieza a arder y al querer salir de allí los disparos y las muertes dejan de parecerle algo tan divertido.

 

Sí, amigos, sí. Tarantino se pega el gusto de reescribir la historia en lo que me parece la única decisión brillante de su película y que me hizo echar una carcajadilla a pesar de la tontuna que llevaba encima después de seis horas de palabrería barata.

 

¿Dónde está la brillantez del antiguo Tarantino? Desde luego no aparece en los minutos finales, previsible y soso epílogo para más honra de Brad Pitt, en uno de sus peores papeles.

 

“Angelina me ha dicho que a ver cuándo me pongo a actuar, pero yo le he dicho que paso, que pa una vez que lo intenté Edward Norton me puso la cara como un mapa”.

 

Tarantino culmina así un truñaco impresentable, más doloroso por lo que pudo ser que por lo que al final resulta, tostón ridículo y superficial cuyo ritmo narrativo discurre en algún punto intermedio entre el aburrimiento y la impaciencia, saturado de estupideces, mientras esperamos que de una santa vez pase algo.

 

Malditos Bastardos exprime hasta el límite las pocas posibilidades de un guión escaso, alargando la película con torturas de diálogos, recreándose en minucias hasta limar la paciencia del espectador. Cuando un personaje se mueve Tarantino nos enseña sus zapatos, su sonrisa, por cuántas puertas pasa, cuántos escalones tiene que subir, cuántas habitaciones cruza, cómo se sirve crema de un cuenco, cómo se pinta los labios, cómo se rasca los huevos, cómo se saca del culo la tira del tanga, cómo arrancar una caballera sin salirse de la línea y cómo sacudírsela para que no deje surco en el gallumbo. Y menos mal que a ninguno le da por ir a hacer de vientre porque no quiero ni pensar lo que hubiera salido de allí.

 

Tarantino se preocupa tanto por nosotros que cuando ya ha explicado algo, cuando ya ha quedado claro, nos lo vuelve a explicar, repite los mismos planos, nos pone la voz en off que tanto ayuda o hace que los personajes hablen despacito, y mucho, para que no se nos escape nada.

 

Lo peor es que mientras mantenga su corte de babosos chupándosela no se dará cuenta que con el rollo pies y monólogos está empezando a repetirse. Se rumorea que su siguiente película  incluirá una escena de cuarenta minutos con una imagen fija de los pies de Brad Pitt, observados desde el interior del maletero de un coche, y una voz fuera de plano que nos explicará que la música de Hannah Montana incita a la coprofagía, o que en Europa al director que va de estrellita no lo llamamos Tarantino, lo llamamos gilipollas.



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Miguelotex